Durante siglos se creyó que la riqueza era sinónimo de libertad. Pero un día, las élites —las verdaderas élites, las que miran el mundo desde lo alto— se atrevieron a mirar hacia dentro. Y lo que vieron fue pobreza. No pobreza material, sino una pobreza más profunda y silenciosa: la pobreza mental del miedo constante. Miedo a perder lo acumulado. Miedo a ser violentados. Miedo a la traición de otras élites tan poderosas como ellos. Miedo a un mundo que habían ayudado a construir y que ya no controlaban. Vivían rodeados de muros, contratos, ejércitos, abogados y sistemas de seguridad, pero no podían fiarse de nadie. Ni siquiera entre ellos. Entonces comprendieron algo incómodo pero evidente: el mundo entero vivía en el infierno . Los pobres vivían en el infierno de la necesidad, de la escasez, del miedo al mañana. Los ricos vivían en el infierno de la inseguridad, del aislamiento, del miedo a caer. Dos extremos, una misma agonía. Un mundo donde nadie confía en nadie no es un mundo prósp...
Las élites descubren que, pese a su riqueza, viven atrapadas en el miedo, la desconfianza y la inseguridad, igual que los pobres por la necesidad. Comprenden que el mundo se ha convertido en un infierno para todos y que nadie puede vivir bien en un entorno enfermo. Deciden liderar un giro histórico hacia el Comunismo 2.0, una transición consciente que, con tecnología, reducción responsable de la natalidad y cooperación, libera a la humanidad del miedo y devuelve confianza, paz y libertad real.